La primera clase, la iniciamos con un ejercicio tal vez algo extraño, pero sobre todo muy pegajoso.
La idea era escribir sobre un papel en blanco, el nombre de cada uno, utilizando los dedos y miel. Había que dibujar cada letra con atención y cuidado, cada uno en su estilo, su tiempo, pero intentanto reconstruir, a través de la experiencia, los recuerdos de las primeras veces que pusieron letras sobre un papel.
El nombre es una palabra que nos representa, que nos identifica. Si alguien llama por nuestro nombre respondemos inmediatamente. Cuando alguien nos pregunta quiénes somos, nuestro nombre es nuestra carta de presentación. Escribimos tantas veces al día nuestro nombre que comienza a ser un acto automático.
Con el ejercicio de la miel había dos objetivos: el primero... volcar la atención hacia mi nombre propio, no como un acto automático, sino como una acción consciente. El segundo, trabajar con un elemento ajeno al oficio (no es tinta, ni grafito, ni teclado), pero que se vuelve metáfora de un trabajo cuidadoso y dulce como es la escritura... si uno acepta su invitación.
Pero esta idea no es mía. Hace mucho tiempo leí en un libro llamado "El Reencantamiento del Mundo" de Morris Berman (Editorial Cuatro Vientos), una anécdota sobre su abuelo cuando aprendía a escribir el alfabeto hebreo. Cuando planificábamos la primera clase, ese texto se me vino a la cabeza y de ahí salió el proyecto que trabajaron.
Aquí les adjunto el fragmento del libro:
"En 1883 o 1884, cuando mi abuelo paterno cumplía 5 años, fue enviado por sus padres al cheder, o escuela elemental judía, donde iría a aprender a leer el idioma hebreo y el Antiguo Testamento. Era costumbre entre los judíos de la provincia de Grodno en Belorrusia darle una pizarra a los niños al entrar al cheder. Era su pertenencia personal sobre la cual iban a aprender a leer y a escribir. Y el primer día el profesor hizo algo bastante notable: tomó la pizarra y dibujó en ella las primeras dos letras del alfabeto hebreo –aleph y beys– con miel. A medida que mi abuelo se comía las letras de la pizarra, aprendía un mensaje que iba a permanecer con él por el resto de su vida: el conocimiento es dulce".